El Navideño Agape de Empresa

Recién llegado de un viaje a Vietnam, contacté con “Putxeros” a fin de hacer juntos unos “rollitos vietnamitas”, ya que él es un maestro en esto de la cocina y yo ni siquiera un aprendiz. Como me había traído los ingredientes y la receta de aquellas tierras, suponía que era suficiente con su habilidad para su elaboración, a la que yo prestaría una muy buena voluntad a la par que la “experiencia” de haberlos visto hacer.  Resultó un éxito, al que no fue ajena una botella de vino seleccionada por el anfitrión tras sus recientes incursiones en el misterioso mundo de las catas.

Como suele ser común en este tipo de situaciones, vinieron a colación vivencias pasadas, entre las que me recordó una antigua comida de trabajo y hermandad (como si ambos conceptos pudieran cabalgar juntos) realizada con motivo de la Navidad y que yo ya había almacenado en el cerebro límbico. Así que fue “Putxeros”, con mejor memoria que la de un servidor para todo aquello relacionado con las cuchipandas, el que tuvo que ir desgranando los recuerdos.

Se trataba de la típica celebración a la que, por ser pagada por la Empresa, todo el mundo asiste, aunque para ello hubiese que congeniar con una serie de personajes venidos expresamente para la ocasión y cuyo trato no se podía considerar cercano durante el resto del año. Si había que beber obligatoriamente de aquel cáliz se esperaba, al menos, que el vino perteneciese a una buena cosecha. Pero de lo que no se podía dudar era de ese ambiente navideño en el que todo el mundo es o aparenta ser bueno y, en tales circunstancias, ¿por qué no esforzarse en fundir en fraternal abrazo a las partes más radicalmente enfrentadas de la Empresa?. Al menos por unas horas desaparecerían los tópicos “ellos” y “nosotros”, alcanzándose un momentáneo estado de “nirvana” laboral.

Hasta el mismo momento del ágape en la Empresa se respiraba un ambiente normal; bueno, menos en los despachos directivos, en los que la actividad era febril ya que el director debería preparar el preceptivo discurso que estoicamente debería oír la plantilla como compensación a la alifara…  “Señorita, tráigame de inmediato los resultados del cash flow del último año… y no me diga que no los encuentra. Si es preciso remueva todos los archivos ¡hasta el mismísimo año 36!” “¿Se ha instalado el slide projector?” “¿Qué pasa con los datos del forecast?”… Porque es de justicia reconocer que en aquella Empresa se tenía a gala pronunciar ciertos vocablos en inglés, lo que daba cierta aureola de prestigio, de tal manera que a un breve descanso se le denominaba break (pronunciado “bric” por la inmensa mayoría, pues sólo lo veían escrito); el CD – ROM, por ser palabra de ignoto significado, se anglicanizaba y pasaba a denominarse CD – RUM; la gestión se afrancesaba en el management, acentuándola en la última sílaba… y aquel tufillo de “dandismo” casaba muy bien con el entorno.

Naturalmente también había lugar para el monólogo, siendo así que se podían escuchar frases al viento recogidas aquí y allá por aquéllos que se aventuraban a merodear por el entorno del sacrosanto despacho: “No, si ya digo yo. ¡Es que estoy rodeado de inútiles!… ¡Si es que tenía que echarles a todos a la calle!” y otras lindezas de similar positivismo.

Los adjuntos, vices, jefes y acólitos de distinto rango… daban vueltas y más vueltas sin barruntar el desenlace de tal desaguisado y en su alocado proceder arrastraban a un abismo de irracionalidad a las más eficientes secretarias que eran materialmente raptadas de sus diarios quehaceres para dedicarlas a una labor cuya inusitada urgencia y anómalo cometido no podían entender; claro que tampoco se les pagaba para pensar. De hecho a nadie se le había contratado para misión tan ajena a la generalidad de los mortales. Ni siquiera “nosotros” tenía la primacía, pues la cabeza pensante – la única – había decidido dividir esta categoría en dos entes bien diferenciados: el “nos” y el “otros”.

Con formulación tan sutil, si algún individuo perteneciente a esta subdivisión cometiese un error que pudiera ser catalogado como de lesa estupidez, pasaría de inmediato a engrosar el multitudinario grupo de “ellos”. Nunca se dieron tantos y tan inútiles paseos entre fotocopiadoras y despachos. El inframundo laboral parecía haberse detenido súbitamente con el único sentido de aglutinar una información exhaustiva que sería comunicada en breve a todo el personal y que, por razones no muy bien conocidas, le había sido hurtada en el transcurso del año.

Mientras tales acontecimientos ocurrían en el recinto de “nosotros”, “ellos”, ajenos a aquel caos de incierto resultado, se habían distribuido en grupos dedicándose al gratificante ritual post-laboral de la cata vinícola que, como se sabe, suele preceder a toda celebración festiva. La conversación era variopinta: unos tenían el trabajo como obsesivo tema de fondo; otros se enzarzaban en acaloradas disputas de corte balompédico, arte en el que todos eran consumados maestros a excepción de los contrarios que, lógicamente, no tenían “ni puta idea”… pero por encima de todo ello aleteaba una preocupación: “¿Serán capaces estos cabrones de congelar el sueldo?” “Pues yo he oído…” “¡No jodas!”.

Así las cosas los distintos grupos se iban acercando al lugar previsto para la celebración. En la barra del restaurante hace guardia la representación de jefes de escala menor, aquellos imitadores de los “teros”, pájaros que según los versos de Martin Fierro “ en un lao pegan los gritos y en otro ponen los huevos”. Un comentario de corte jocoso, coreado por una carcajada general sale del grupo de “ellos”: “Dale un carguillo a Andresillo y sabrás quién es Don Andrés”. Son claros síntomas del proceso confraternizador. Alguien percibe la ausencia del personal directivo. “Estarán dentro”. Y como si de una contraseña se tratara, se van colando todos en el comedor. Allí son todo caras desenfadadas, muecas que simulan sonrisas, saludos afectuosos mirando hacia el otro lado, algún que otro abrazo, sin demasiada efusividad, a los más antiguos…

La sala se había dispuesto para satisfacer las necesidades de dos acontecimientos diferentes: el ágape y el discurso, separados por una mampara como si de un “sancta sanctorum” se tratara, tal era el interés en evitar distracciones del personal de todo aquello que no fuera de relevancia absoluta. Y el “discurso”, por supuesto, lo era. Ciertos desaprensivos, que no concebían la Empresa como un “todo”, lo tachaban de “coñazo”, pero ya se sabe cómo son “ellos”…

Resultaba curioso el fiel cumplimiento de los cánones establecidos para este tipo de acontecimientos. El director que, como es habitual, soportaba la indudable carga de la responsabilidad, ocupaba una posición predominante, pues era punto de referencia obligada. ¡Ahhh el peso de la púrpura! ¡Qué sabían “ellos” de sus largas noches de insomnio, de sus desvelos por mantener la Compañía a flote en el oscuro y proceloso mar del Mercado!  El “poder”, que a tantos apetece y que por tan pocos se deja cortejar, cuando se consigue, es como una pesada losa que hay que sobrellevar con resignación y sacrificio, autoanulándose con humildad para dar servicio a los demás. Bien sabía él que jamás disfrutaría del agradecimiento y comprensión ajena…

Rodeaban al prócer la elite conformada por el colectivo de “nosotros”, prestos a cualquier ayuda que requiriese, y allá, un poco más alejados, separados por la estrecha banda de los “jefes menores”, se encontraba perdida, distante, extraña al espectáculo que allí se urdía, la ingente masa de “ellos”. Sin embargo, las primeras palabras que se pronunciaron los tenían como destinatarios:

“… la proximidad de estas fiestas, entrañablemente familiares, nos vuelve una vez más a reunir como una segunda familia que formamos… – los murmullos de aprobación a cargo del colectivo más reducido contrastan con el desconcierto de la gran mayoría-  … Quisiera aprovechar la oportunidad que me brindáis para agradeceros de forma personal el esfuerzo, dedicación y constancia de que habéis hecho gala en año tan difícil. Sin vuestra ayuda nada hubiéramos conseguido… -el inicial desconcierto se metamorfosea en premoniciones de pésimo augurio; ¿diría ahora lo de los sueldos?- …Permitidme que dedique un brevísimo tiempo a condensar los acontecimientos del año que se nos va, antes de analizar los resultados obtenidos…”              

 A continuación se desarrollaría la tan temida como odiosa proyección de transparencias con curvas de corte esotérico en la que los datos económico–financieros semejaban indescifrables jeroglíficos que, al parecer, sólo era capaz de interpretar el imperturbable ponente. “Ellos” comienzan a impacientarse, cuestión que no parece inquietar al oficiante a pesar de los continuos y mal disimulados movimientos de los más atrevidos hacia las mamparas divisorias tratando de desvelar el secreto tan celosamente guardado, como ni siquiera los murmullos cada vez más audibles y totalmente ajenos a lo que allí se decía.

Pero el tiempo, que en su relatividad también parece plegarse a los deseos del poderoso, es totalmente ajeno al cansancio de aquella congregación: “Joder p´al tío. ¿No se dará cuenta de que nos importa un carajo?”. Nada. El hierofante se siente a gusto y no está dispuesto a acortar conferencia tan costosamente elaborada por “nosotros”. Sin saber exactamente cómo ni cuándo, alguien conecta con la realidad y alerta al grupo que aquello tiende a su fin.

“… Para finalizar no me resta sino reiteraros las gracias por vuestra presencia y ¡paciencia! aquí una pequeña pausa para conocer el efecto de la agudeza – …Ocupémonos ahora de la máquina del cuerpo que, a juzgar por ciertos semblantes, parece requerir de atención  prioritaria.”

Siguieron  unos tímidos aplausos que se iban desvaneciendo a medida que la gente se desplazaba hacia la hasta entonces oscura zona, que ahora relucía en todo su hedonista esplendor. Había prisa por llegar y ocupar puestos de privilegio. Afortunadamente nadie cayó en la ocurrencia de colocar esas odiosas cartulinas identificativas que suelen adornar algunas mesas y que ni la mejor voluntad es capaz de unir con acierto a los comensales. La confraternización resultaba así más sencilla y natural: “ellos” con “ellos”y “nosotros” tomando posiciones alrededor de su protector; entre ambos, a modo de fluido antirozamiento, sin lugar fijo de asentamiento, la presencia nunca bien aceptada de los “jefes menores”.

La reunión no tardó demasiado en discurrir por sus lógicos cauces. “Nosotros” ignoraban a “ellos”; “ellos” a “nosotros”; y todos hacían lo propio con los mandos intermedios. ¡Triste sino el de estos personajes que nunca encuentran el dónde, ni el cómo, ni el cuándo!

Generalmente estas celebraciones suelen derivar en situaciones anómalas que, de ocurrir en condiciones de cierta normalidad, se considerarían inimaginables. Pasaron los entremeses… y el vino. Pasó el primer plato… y el vino. Llegó el turno al segundo plato… y, por supuesto, también al vino. Los postres tuvieron su espirituoso acompañante y la apoteosis final llegó de la mano de ese burbujeante elemento al que tanta veneración profesan los cofrades del rosario de la aurora. Es entonces cuando improvisados rapsodas entonan cánticos de dudoso corte poético y cuya falta de armonía no entraña duda alguna.

Voces disonantes que arrancan carcajadas por igual entre los que tratan de mantener una cierta compostura como en los que ese término ha dejado de preocupar hace largo tiempo. Uno de los corifeos se levanta e impone silencio concentrándose en lo que él considera una melodía harto complicada para el estado cerebral del coro acompañante. Cuando se dispone a dar entrada a los concertistas, se ve en la necesidad de aclarar cierta cuestión, probablemente nunca resuelta con anterioridad, y enfrentándose con su más directo rival musical le espeta:

“Tú calla, que ésta no es para tu voz”

 El aludido siente el doloroso aguijonazo de la humillación y con ciertos apuros, fruto de la rápida improvisación como de los vapores etílicos todavía retenidos por el organismo, acierta a balbucear:

“¿A mí… A mí me dices? Mira, para darte ventaja voy a cantar con el puro en la boca”

Carcajada general que se ve incrementada por el comentario ciertamente soez de un exégeta de la frase.

Aquello funcionaba. Había alegría. Alguien propone un brindis y nadie le hace caso. En una esquina se improvisa un mercadillo donde se descuelgan los cuadros de las paredes y se ofrecen en africana venta al camarero que en aquel momento acierta a pasar: “Bonito, bonito; barrato, barrato.” El nivel de las conversaciones y de los cánticos ayudaban a la confirmación del tópico característico de nuestro pueblo: nadie escuchaba al interlocutor en activo; claro que tenía su explicación, pues todos eran oradores. Se exponían cuestiones con la absoluta certeza de que los argumentos no podrían ser rebatidos y, en tales circunstancias, ¿qué sentido tenía la réplica? Hablaba la Inteligencia y allí no había sitio para más.

Nadie podría fijar con certeza el origen del conflicto, por la sencilla razón de que a esas alturas del convite todo el mundo, director incluido, tenían cierta propensión a la amnesia parcial. Amparándose en el anonimato que procura el grupo, se oye una voz ceceante y tartamuda:

¡¡¡Y DE LOS SUELDOS, QUÉ!!!

El silencio de los cementerios pareciera algarabía infernal comparado con el que allí se produjo. El personal mantenía la mirada fija en los objetos inanimados de paredes y techos con la tenacidad propia de los orates, temiendo que la mínima desviación resultara acusadora prueba del desafuero. Por fuerza el Juicio Universal ha de tener unos prolegómenos similares y aquello parecía responder a un ensayo general. Las trompetas sonaron; el director se levanta con dificultad mal disimulada y “nosotros” hacen lo propio mascullando palabras ininteligibles que cerebros más despiertos hubieran interpretado como claras amenazas; “ellos”, con las miradas todavía desvaídas, parecen atornillados a las sillas.

Los “jefes menores”, como duendecillos de bosques septentrionales, habían desaparecido. Sin terciar palabra, el director inicia una apresurada retirada acompañado turbulentamente por el colectivo de “nosotros”. “Ellos” no tardan en secundar el ejemplo, aunque de forma menos caótica. Está anocheciendo. Hace mucho frío.

Las mentes se desentumecen a medida que los cuerpos se encogen. Aparecen ciertos atisbos de raciocinio. Alguien recuerda la pregunta. Todos conocen la respuesta.

Pedro Ubeda

 

Acerca de putxeros

Un día tuve un Sueño Lucido, era atacado por una centolla descomunal.La sacudí un sartenazo,la cocí en una marmita de tipo colada del alto horno y con sus maravillosas carnes y rojizos interiores comencé a copiar y confeccionar extraordinarios platos de grandes cocineros, como en la película de Julia & Julia donde Julie Powell (Amy Adams) se propone hacer todas las recetas contenidas en el libro de Julia Child Mastering the Art of French Cooking, (El arte de la cocina francesa).Recuerdo salivar cuando unía los ingredientes para un Txangurro a los aromas del gran Hilario Arbelaitz o la Lasaña de txangurro con mahonesa de hierbas y pimienta verde del descomunal Juan Mari Arzak o el centollo al horno de Igor Arregui. Estaba tan absorto,lucido,feliz y concentrado en el silencio de aquella cocina que me atreví con un Falso paté de centollo del gran Falsarius. En ese trajinar de salteados y sofritos fui despertado por el camión de la basura.El mismo día,ligero de equipaje mental, cambie mi vida por la cocina. Salut basureros por pasar por mi calle ese día.
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